Exijo mis deseos .

Nunca he sido buena recordando nombres o datos  específicos y debo confesar que en la mayoría de las charlas que sostengo día a día, no soy consciente de las idioteces que suelto en forma de oraciones y mucho menos de  las contestaciones que recibo a cambio.

Esta distracción puede ser algo terrible y un enemigo al momento de entablar relaciones o adquirir responsabilidades. Mi cerebro deja la vida pasar hasta que algo captura por fin mi atención y me  es sumamente difícil de olvidar. Hay aromas, rostros, movimientos, miradas, colores, frases  y gestos que han quedado marcados aunque duren una milésima de segundo.

Lo sé, no tiene sentido pero para mi estos detalles a veces lo son todo y me gusta llamarlos “Deseos”. Para  que lo entiendan mejor les pondré un ejemplo a partir de una historia sencilla que me ocurrió el otro día y al final espero se  prometan respetar sus fantasías .

Como la mayoría de los viernes me encontraba charlando con tres de mis  amigas más cercanas en algún bar de esta  gran ciudad. Ese día en particular estábamos jugando a ver quién era más miserable y al tercer tequila de cada una, nos habíamos convertido en un ir y venir de deseos frustrados, todo esto causado por una invitación de bodas que nos había sido entregada dos horas antes por otro de nuestros amigos.

Recuerdo que todas soñaban con encontrar a su media naranja y condenaban  su éxito al no tenerlo consigo, en cambio yo , solo podía pensar en otro tequila y en escapar de la gran cantidad de drama que había viciado el ambiente.

Avanzaba la noche y la plática se  tornó más superficial cuando súbitamente se sumaron unos tipos al grupo, eran tres comunes que pretendían coger más tarde con alguna o mejor dicho con la que se dejara. Pasaron diez minutos llenos de presentaciones e invitaciones de tragos y esta vez solo me fijaba en los tenis rojos del que estaba parado  a mi lado, eran exactamente como los de Lewis Hamilton.

Fui al baño y volví, me dirigí hacia la barra y bebí con la intensión de que mi mood y tolerancia se adaptaran al lugar pero… ¡Nunca sucedió! Seguía ahí aburrida y sin  saber la razón, pretendiendo que  el hombre de ensueño del que hablaban apareciera como en acto de magia.

En un punto incómodo no supe cómo mi  cuerpo estaba embarrado  en  la puerta, el lugar se había abarrotado y me estaba asfixiando. Por fin pude sentir un poco de aire cuando el camarero abrió para dejar pasar a un aquelarre  con faldas y tacones   que estaba esperando entrar. Detrás  de las chicas pude ver un algodón de azúcar del tamaño de la  cabeza de una de ellas… “¡Alerta roja!”  se transformó en mi deseo.

Se me antojó tanto que con su color me incitaba a salir de ahí , comprarlo y devorarlo. Tres días antes había visto una película en la que un hombre  después de comprar un algodón se encontraba el  billete ganador de la lotería, esto me hizo pensar que al comprar ese dulce algo  igual de mágico me podría llegar a pasar.

Emprendí el paso para ir a comprarlo pero…una de mis amigas me detuvo para que bailara con uno de los  chicos, me  cerró la puerta casi en la mano y me empujó contra él, parecía más  deseosa de ver un encuentro cuerpo a cuerpo  que yo. El chico se veía muy simpático si se quedaba callado por eso me contuve y quedé para averiguar de que iría la cosa .

Para no seguir haciendo esto  largo con románticos melosos y baratos clichés que raramente me suceden en bares puedo decirles que bailamos mucho pero al  final  los  únicos que sucedieron  fueron muchos besos sin una pizca de química.

Todas se llevaron números  nuevos  en sus celulares y  yo un “¡Bailas muy bien!”. No puedo juzgar al tipo…¿Qué hubieras hecho tú? Si tuvieras a una loca hablándote  de un algodón de azúcar porque el antojo no se le pasaba y que puso de pretexto a  las estrellas no para un beso sino para  poder ir a comprarlo.

Al salir  volteaba hacia  toda dirección para ver si encontraba al sujeto que vendía mi dulce violeta,  sabía  que no iba a estar esperando a por mi porque nadie vende algodones a las tres de la mañana afuera de un bar pero la esperanza jamás se pierde, solo la dignidad.

Me enojé, subí al auto para irme infeliz y con antojo a mi casa. Al  llegar me arrojé a la cama y me puse a hacer mi acostumbrado recuento del día pero cada vez que intentaba pensar en algo, el maldito algodón se hacía presente en mi cabeza con desesperación y  no podía conciliar el sueño. Sonó el celular, era  una de mis amigas contando que el chico que acababa de conocer le había enviado  un texto para agendar una segunda cita.

¡Qué  fantástica noche para todos! con excepción de…la estúpida que no siguió su instinto de ir por ese  algodón. Confieso que no me podía quejar con nadie  porque fui la única que  sacrificó sus intereses por hacerle caso a las exigencias de los demás.

Si el tipo gustaba realmente de mi, me hubiera acompañado a comprarlo. Yo no quería un hombre perfecto, yo quería un dulce y si hubiera escuchado mis deseos tendría una historia comúnmente bizarra en lugar de un melodrama.

Hemos llegado al  punto en el que esta historia te parece demasiado tonta, inútil y cansada pero…si lo ves con completa honestidad ¿Cuántas veces has dejado tus deseos atrás por complacer a los demás y los has justificado con el destino?

Ese dulce jamás sabrá igual, nunca será el mismo deseo, la misma circunstancia, ni lugar. Ese color  violeta fue y seguirá siendo…

FIN

Por @alessaart
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